Foment del Treball vive con cierta angustia los vaivenes de la política española y catalana. Vista en Madrid como sospechosa de separatismo, la patronal carece en Cataluña del abrigo que encontró durante el largo mandato pujolista. Los herederos de Junts per Catalunya son un partido inmaduro y con escaso poder. El PSC —que ostenta el Gobierno de la Generalitat— no asume actualmente la hoja de ruta de la patronal. Foment valora la estabilidad que Salvador Illa ha proporcionado a la política catalana, pero le gustaría que se deshiciera de sus socios de ERC y Comunes y se moderase pactando con Junts. Un mundo feliz para la patronal sería, por ejemplo, que el PSC y también el PSOE se opusieran, como los de Puigdemont han hecho, a la reducción de la jornada laboral, vetaran los impuestos a las energéticas, eliminaran sucesiones y bajaran la presión fiscal. Con la entente con Junts se produciría la situación próxima a la de los viejos tiempos. En la nostalgia patronal pesa, tal vez, la trayectoria del actual presidente de Foment, Josep Sánchez Llibre, durante 23 años diputado de CiU en Madrid y de ahí su sambenito de nacionalista. A buen seguro que el dirigente patronal echa de menos los años en que la vieja Convergència —junto al PNV— tenía la llave maestra de la gobernabilidad en el Congreso. El PP o el PSC eran entonces colaboradores necesarios para las mayorías de Pujol en el Parlament. Y desde luego, los intereses de los empresarios catalanes estaban representados, aquí y en Madrid, por CiU. Ahora, a la patronal no le queda más remedio que lidiar con lo que hay.
