El 8 de diciembre de 1965, hoy hace 60 años, finalizaba el Concilio Vaticano II. Los obispos de todo el mundo salían de San Pedro en procesión y Pablo VI se fundía en un abrazo con su eminencia gris, Jacques Maritain, el filósofo del diálogo. Habían sido tres años de trabajo desde que Juan XXIII diera la sorpresa no solo por convocar la gran reunión doctrinal y estratégica del catolicismo, sino por la orientación de su convocatoria. Por primera vez, sería un Concilio únicamente pastoral. Sin definiciones dogmáticas. Sin anatemas. El “Papa bueno” quería que entrara “un poco de aire fresco en la Iglesia”. Quería un catolicismo que sirviera a su tiempo “demostrando la validez de sus enseñanzas y no condenando”. Desde finales del XIX, algunos teólogos eran conscientes de que el cristianismo, según un testigo del Concilio como el periodista y escritor José Jiménez Lozano, no podía “permanecer simplemente a la defensiva”. Se necesitaba “determinar de modo nuevo” la relación entre la Iglesia y sus contemporáneos. Y eso se iba a hacer mediante el “diálogo”, palabra que nunca había aparecido en la doctrina de la Iglesia y que aparecerá 28 veces en los documentos conciliares. Cuando muere el Papa Roncalli, Pablo VI asume su espíritu. Y en su primera sesión conciliar no necesitó palabras para enviar su mensaje: le bastó con suprimir la tiara y la silla gestatoria, símbolos del poder temporal del Pontífice.
