Publicado el 16/05/2025 por Administrador
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Montevideo se detuvo este 13 de mayo de 2025. Las bocinas guardaron silencio, las banderas se inclinaron a media asta, y miles de ciudadanos tomaron las calles no para protestar ni celebrar, sino para agradecer. Uruguay despidió a José “Pepe” Mujica, ex presidente y referente moral de la política latinoamericana, con una ceremonia sobria, humana y profundamente simbólica, tal como fue su vida.
A los 89 años, Mujica falleció tras una batalla contra el cáncer de esófago, enfermedad que había hecho pública en 2021. Su adiós no fue el de un político cualquiera. Fue la despedida de un hombre que convirtió su historia personal de lucha, cárcel y resistencia en una bandera de principios, humildad y coherencia.
El féretro, cubierto con la bandera uruguaya y la insignia de Artigas, fue trasladado desde la Plaza Independencia hasta el Palacio Legislativo en un cortejo que combinó solemnidad con espontáneos gestos de afecto popular. En el Salón de los Pasos Perdidos, se instaló la capilla ardiente. Durante horas, una fila interminable de personas—jóvenes, adultos, trabajadores, excombatientes, niños—aguardó pacientemente para decirle gracias.
El presidente Yamandú Orsi encabezó el homenaje oficial, acompañado por Lucía Topolansky, compañera de vida y militancia de Mujica, así como por figuras de todos los colores políticos. En un gesto que superó las diferencias partidarias, el país se unió en un reconocimiento transversal a quien, desde su austeridad radical, logró humanizar la política.
Entre los asistentes internacionales destacaron los presidentes Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil) y Gabriel Boric (Chile), quienes interrumpieron su gira en Asia para asistir al velorio. “Una persona como Pepe no muere, se multiplica”, dijo Lula, visiblemente emocionado, evocando los años de lucha común por la justicia social en América Latina.
El Gobierno decretó tres días de duelo nacional. No hubo discursos grandilocuentes ni espectáculo. Hubo flores, cartas manuscritas, canciones populares y, sobre todo, respeto. Uruguay no solo despedía a un exmandatario, despedía a un símbolo: el del político que no se corrompe, que no acumula, que predica con el ejemplo.
Fiel a su estilo, Mujica había dejado claras sus instrucciones: nada de mausoleos ni monumentos. Será cremado, y sus cenizas esparcidas en su chacra de Rincón del Cerro, bajo el árbol que él mismo plantó. Allí, donde vivió con su perra Manuela, donde cultivó la tierra, y donde más cerca se sentía del pueblo.
El legado de José Mujica trasciende la frontera uruguaya. Su ejemplo cala hondo en quienes aún creen que la política puede ser un acto de servicio. Su partida deja un vacío, pero también un modelo. Hoy, Uruguay lo llora, pero también lo celebra. Porque, como repiten muchos que lo conocieron: “Pepe no se fue, sembró”.