![En primer plano, Josep Montero, cantante del grupo. Barcelona, 28 de enero de 2023 [ALBERT GARCIA]](https://imagenes.elpais.com/resizer/v2/35DI4HTBJNFXPORX6UFOVJG37M.jpg?auth=5bc98e96e98794cc3d835ee5b0c1a44f0de2f08a674d5d5d60b54301339757ed)
Con la rapidez de un relámpago han volado las 220.000 entradas puestas a la venta para la despedida de Oques Grasses, que tendrá cuatro capítulos en el Estadio Olímpico los días 5, 7, 9 y 10 de octubre del próximo año. Ahora, a toro pasado, incluso este éxito descomunal e inopinado se puede explicar a vuelapluma. Antes solo se podía aventurar. Cuando en 2015 Oques Grasses presentaban en el diminuto Heliogàbal barcelonés su segundo disco Digue-n’hi com vulguis, ya se veía una banda que, si no era sustancialmente distinta a otros proyectos -con su fusión a base de reggae, folk mediterráneo y pop-, sí tenía unas letras que mostraban otra mirada, directa y tierna, de sensata ingenuidad. Pero de ahí a llenar cuatro estadios media un trecho. Por el camino la banda de Josep Montero ha acentuado su personalidad, ha ido evolucionando el sonido con la adaptación de una electrónica expansiva que tiene algo de universal, y de no ser porque en España no se hace caso a las lenguas periféricas, podría triunfar en un gaztetxe de Rentería y en las fiestas de Casillas de Berlanga. Pero donde de facto son los reyes es en Cataluña. Ahora mismo de todo. Cuatro estadios de una tacada, como Coldplay. Ni el Boss. Tanto público como en un Primavera Sound. El impacto del grupo es inaudito. Y en catalán, cuando el idioma parece languidecer en la sociedad.
