Era de madrugada. En una de las habitaciones de la residencia de ancianos Decanos de Ávila dormía una huésped peculiar: Encarnación Polo Oliva (Sevilla, 86 años). Hacía años que nadie la llamaba Encarnita, el nombre artístico con el que rompió los moldes de la copla, a golpe de minifalda, pelo corto y flequillo en la puritana España franquista de los sesenta. Se sentaba en la cafetería y saludaba a los familiares que iban a visitar a sus padres, abuelos, hermanos. Algunos sabían quién era, pero otros solo sospechaban, por su manera de sentarse y saludar, que esa mujer que compartía bandeja de comedor a las afueras de la ciudad, había visto mucho más mundo del que mostraban esas ventanas.

