El castillo de naipes del régimen sirio se desmorona a una velocidad que apenas dos semanas atrás habría sido considerada política ficción. Los rebeldes han tomado a última hora del sábado la tercera ciudad del país, la estratégica Homs, sin encontrar apenas resistencia, con el ejército del presidente, Bashar El Asad, y decenas de milicianos de Hezbolá huyendo ante la incapacidad de contener el imparable avance. Cortan así la comunicación entre Damasco y la zona costera alauí, de donde proceden los El Asad y su aliada Rusia tiene una base marítima y otra aérea. Insurgentes locales se han hecho, además, con todo el suroeste en apenas 24 horas, hasta situarse a apenas 30 kilómetros de Damasco. El ministro de Interior, Mohammed al-Rahmun, ha señalado que un “cordón de seguridad y militar muy sólido” protege la capital, pero la impresión general es que el régimen vive sus últimos días. Tanto los países que acudieron en su ayuda, como Irán y Rusia, como los que han apoyado a los rebeldes, como Qatar y Turquía, se han unido de forma insólita para reclamar a El Asad en un comunicado conjunto que alcance un acuerdo político para poner fin a la guerra.
