Reconciliación está repleto de reproches. Las memorias de Juan Carlos I, que salieron a la venta en España esta semana, contienen múltiples críticas, no solo a su hijo, sino al Gobierno actual y a dirigentes políticos de distintas épocas, incluyendo presidentes que lo fueron bajo su reinado, lo que choca, incluso después de la abdicación, con las funciones de representación, arbitraje y moderación que la Constitución atribuye a la Corona. “Un rey no debe tener una ideología política”, admite el propio Juan Carlos de Borbón en el libro, donde ha vertido, sin embargo, numerosas opiniones estrictamente políticas e incluso sobre asuntos judiciales que le afectaban a él y a su familia. No es la única contradicción a lo largo de 507 páginas que comienzan recordando, precisamente, una recomendación desoída: “Mi padre siempre me aconsejó que no escribiera mis memorias”. El resultado es un largo ejercicio de autorreivindicación salpicado por algunas anécdotas que pretenden recordar el carácter campechano que alimentó durante años el llamado juancarlismo, como que en Abu Dabi tiene un loro (“que luce los colores de la bandera de España en la cresta”); que compartía con Clint Eastwood el mismo tono de llamada de móvil (la banda sonora de El bueno, el feo y el malo) o que en una ocasión tuvo que tragar “como una aspirina” los “ojos de merluza” que Hassan II le ofreció como un manjar.
