Cuando Lee Miller entregó a Vogue en agosto de 1944 sus primeros 35 rollos de fotos de la guerra en Francia contra los nazis y el artículo de diez mil palabras que acompañaba a las imágenes, los editores quedaron boquiabiertos: la revista nunca había publicado nada así. Miller, que prácticamente se había colado en el frente de Normandía, documentaba el esforzado trabajo a vida o muerte en dos hospitales de campaña a menos de 10 kilómetros de la primera línea de combate y adonde llegaban los cuerpos destrozados de los soldados. Las imágenes mostraban a médicos y enfermeras inclinados sobre las camillas y mesas de operaciones tratando desesperadamente de salvar a los pacientes en unas condiciones precarias y peligrosas, entre botellas de plasma, heridas escalofriantes e infinito dolor. “En el anochecer azulado, los flashes de la artillería eran como los relámpagos de una tormenta de verano, y el retumbar acrecentaba el sentimiento de tensión y urgencia”, escribía la corresponsal. “El ritmo era más rápido que en los puestos de primeros auxilios, los médicos y ayudantes estaban aún más agotados, y sabían que durante la noche se quedarían sin sangre para las transfusiones…”.


