Silencio, tiempo y distancia. No son los ingredientes más habituales de las estrellas de cine para hacer carrera, pero a Armie Hammer (Santa Mónica, California, 39 años), sorprendentemente, están funcionándole para la suya. Claro que antes el ruido había sido atronador. Hace cuatro años, Hammer, último en la estirpe de una millonaria saga petrolífera, de esas que dan nombres a museos y campos de golf, se convirtió en el centro de la conversación en Hollywood, que no dudó en otorgarle el título de caníbal igual que antes le había dado el de galán. Y que tampoco tembló a la hora de quitárselo todo (proyectos, agentes, familia, fortuna). La vida y la carrera del actor se hundieron. ¿Cómo se sale de ahí? O, más bien, ¿se sale de ahí? Él es la viva respuesta de que sí. Y de que la memoria colectiva es pequeña, muy pequeña, y capaz de convertir el escándalo en anécdota.
